Tren al río


Recorremos esas semanas con sus nombres siempre iguales, tan iguales al paso de nuestros pies a través de ellos. Los labores del día nos obligan a marcar las hojas antes de hacerlos. Subimos, bajamos, entramos, salimos. Nunca paramos, respiramos o simplemente nos desviamos del riel remachado de antemano. Bajarse del tren y siempre ir para el mismo lado como si del otro no hubiera nada. A pocas cuadras está, lejos de nuestra comodidad mecánica. Allí el río espera. Recibe a sus visitantes con un soplido suave en la cara, al acercarnos nos envuelve con su sabiduría de viejo calmo. Con ráfagas de viento, sobre su orilla, nos instruye a resistir de frente.

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